
Hoy recordé la habitación en la que viví cinco amaneceres llenos de emociones y sensaciones a flor de piel. Hoy recordé aquel armario que escondía ilusiones y lamentos y que al igual que tu colchón fue cómplice de nuestra locura (nuestro amor, lo solíamos llamar). Hoy recordé el calendario de tu pared que albergaba mi nombre escrito en cada uno de esos cinco días, y recordé esa ventana que me arropaba en cada cigarrillo por el que me castigabas sin besos (diez segundos).
Fuimos el binomio perfecto durante esos dulces días soleados de julio. Incluso el sol de la playa nos castigaba, envidioso, porque la luna no lo hacía tan feliz como lo fuimos nosotros. He recordado cada acera que crucé de tu mano y cada autobús a la felicidad que tomé; cada euro que invertí y cada pena que gané. Recordé la condena que tuve que cumplir por enamorarme de lo incorrecto, lo prohibido, lo imposible. Reviví el dolor más sincero de mi vida. Saboreé cada gota de vodka, de nuevo. Recordé la promesa de olvidarte, y (más tarde) la de odiarte, recordando también que incumplí ambas.
Recuerdo que en mi empeño por hacer todo lo que no te gustaba que hiciese, fumé… fumé hasta que mis pulmones amenazaban con abandonarme, y saboreé ciento tres cafés diarios, hasta ver espirales de color rojo que me invitaban a secarme las lágrimas y salir corriendo. Y me sentí absurda, como nunca antes; me sentí desamparada, vacía, engañada.
Y aun así, no he conseguido odiarte ni un poquito en todo este tiempo. No he conseguido desearte nada más que felicidad. No he conseguido siquiera que me seas indiferente.
*Eso sí, he conseguido dejar de fumar.